lunes, 11 de abril de 2011

APRENDER A COMER BIEN

Tener toda la paciencia del mundo y mostrar una actitud salud o bienestarable y positiva hacia la comida son las premisas más importantes para construir unos buenos hábitos alimentarios. Estos hábitos tenemos que transmitirlos no sólo en el momento que nuestro hijo está comiendo, sino en todas aquellas tareas o actividades que rodean el mundo de la comida: sentados a la mesa, en la cocina preparando la comida, en el supermercado escogiendo los alimentos, etc. Y cuidado: las prisas, la impaciencia y la obligación son los peores enemigos de los buenos hábitos alimentarios.
Es aconsejable que nuestro hijo se siente a la mesa con el resto de la familia cuanto antes. Es importante que el mundo de la comida esté rodeado de estí­mulos agradables y positivos. Por eso durante la comida es mejor no expresar o hablar de cosas inquietantes, ni discutir los problemas o dificultades y aprovechar que toda la familia está reunida para expresar o hablar de cosas positivas que fomenten el buen ambiente.

Respecto a los modales, no conviene exagerar: dejarle comer con las manos, no reñirle si se mancha o si se le cae la comida al suelo y permitir que utilice la cuchara sin demasiadas normas. Pensemos que estas cosas forman parte de un proceso de aprendizaje importante: estudiar o asimilar a comer correctamente. La comida no tiene que utilizarse para tranquilizar, premiar o castigar a nuestro hijo. Mucha gente apresura a sus hijos con frases del tipo "si no terminas pronto te quedarás sin jugar o recrearse", "si no te acabas la verdura no crecerás ni tendrás energia", "como te has portado tan mal, te quedas sin postre" o "¿qué no vas a acabarte el plato que te he hecho con tanto cariño?". La comida es y tiene que ser un fin en sí­ mismo. No conviene convertirla en un medio para conseguir cosas como hacerse fuerte, poder ir a jugar o recrearse, poder ver la televisión o conseguir que mamá y papá estén supercontentos. Si obramos así­, nuestro hijo atribuirá a la comida un valor emocional que es capaz de ser el comienzo de una mala relación con los nutrientes o alimentos.
Es importante respetar siempre el mismo horario para las comidas. De la misma manera tenemos que mantener un ritual diario que preceda y siga a cada comida y que siempre sea igual. La rutina tranquiliza al niño y le da seguridad.
Por ejemplo:
Antes de comer :

1. Lavarse las manos
2. Ayudar a poner la mesa (adaptado a cada edad)
3. Sentarse en la silla o trona
4. Colocarse el babero

Después de comer:

1. Quitarse el babero
2. Ayudar a recoger la mesa (adaptado a cada edad)
3. Lavarse las manos

Cuando vayamos a introducir algún alimento nuevo en la dieta de nuestro hijo tenemos que hacerlo sin prisas ni presiones: podemos servirlo junto a otros alimentos que conozca y que le gusten mucho, no insistir en que coma más cantidad si ha probado un trocito y no le ha gustado, o en lugar de reñirle mostrarnos comprensivos diciéndole algo como: "quizás te gustarí­a más con patatas o mojado con yoghurt" o "esto te gustará más en el momento que seas más mayor", etc. Todo esto nos dará mejores resultados a la larga.

A partir del año y medio, los niño suelen pasar por rachas de inapetencia, de jugueteo con la comida, de subirse y bajarse de la silla crispando los nervios a cualquiera y de soltar el dichoso "no" como respuesta a todas las propuestas que, sutilmente, le vamos haciendo para que termine lo que tiene en el plato desde hace más de media hora. Por si fuera poco, durante esta etapa, los niños intentan hacerlo todo ellos solos y no admiten ayudas de ningún tipo. Es importante respetar esta tendencia natural de nuestros hijos ya que forma parte de un movimiento general de autoafirmación. Así­ que, en lugar de llevarle la contraria constantemente, estudiar o asimilaremos a seguirle un poco la corriente: dejaremos que coma solo aunque se manche y tarde más de lo que a nosotros nos gustarí­a, si no desea algo no insistiremos demasiado y le retiraremos el plato (seguro que no pasará hambre), etc. Eso sí­, no tiene quemos dejar que pique nada en medio de comidas, sobretodo si no ha querido acabarse lo que tení­a en el plato.

Tenemos ayudarle sin que él lo note mucho para que pueda comer solo y tenga la sensación de que lo hace muy bien:

- Proporcionarle un plato, un vaso y unos cubiertos que sean "sus" utensilios.
- Cortarle la carne a trocitos para que le sea más fácil comer o nutrirse solo.
- Proporcionarle un vaso con asas para que pueda cogerlo sin problemas o dificultades.
- No regañarle si se mancha la ropa, el mantel o se le cae comida al suelo.

En cuanto a lo que come, no nos preocupemos demasiado si no desea comer determinados alimentos. Evitemos entrar en guerra con él ya que sólo conseguirí­amos empeorar las cosas. Además, la curiosidad por los alimentos y los nuevos sabores entrará pronto en escena.

A partir de los dos años , y ya preparados para utilizar el tenedor, los niños empiezan a imitar a los adultos con mucho deleite. Es un momento excelente para educarle cómo tiene que comportarse en la mesa sin embargo… ¡cuidado! En lugar de explicarle las normas, tiene quemos predicar con el ejemplo: es mejor que nuestro hijo nos vea comiendo juntos en la mesa, hablando tranquilamente, sirviéndonos la misma comida y acabando lo que tenemos en el plato, que echarle el sermón acerca de lo que está bien y lo que no. Los rollos no son eficaces.

Además, nuestro hijo se encuentra en un momento en el que siente una gran curiosidad por todo lo que le rodea, y empezará a probar muchos platos diferentes. Es un momento ideal para introducir nuevos nutrientes o alimentos. Eso sí­, tiene quemos hacerlo en el momento que esté tranquilos y no abusar. Una novedad cada vez, siempre en el momento oportuno y sin caer en el error de preguntarle qué prefiere para comer : además de curioso está profundamente indeciso. Si le dejamos escoger no sabrá lo que desea . Por eso es mejor que escojamos la comida por él y no le demos todaví­a demasiada libertad para decidir lo que prefiere.

A lo largo de esta etapa, nuestro hijo agradece el orden y la regularidad en sus rituales alimentarios: la puntualidad, la rutina, sus cubiertos y no otros, su sitio en la mesa y siempre en la misma silla, etc. Ese tipo de cosas le tranquilizan y le dan seguridad.

A partir de los tres años es muy probable que comience a rechazar algunos alimentos. Ahora ya es capaz de expresarse bien y decir lo que desea comer y lo que no. Ante aquellos alimentos que acostumbra a rechazar, evitaremos discusiones y saldremos con alguna alternativa inteligente: si no desea comer verduras, que nos vea a nosotros comerlas con gusto, o bien se las podemos presentar de alguna manera que puedan resultarle más apetecibles: cortadas a trocitos con formas divertidas, rebozadas, acompañadas de algo que le guste mucho, etc.

Sacado de educacióninfantil.info

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